En medio de mi malestar me he acordado de que tras la primera comunión, cuando tenia siete u ocho años, el cura que nos daba las clases de religión en el cole, nos preguntó acerca de que parte de toda la ceremonia del sacramento nos había emocionado más, y por que. Aquel hombre supuestamente santo quería saber con que estampa del acto de recibir por vez primera el cuerpo de Cristo nos íbamos a quedar para el resto de nuestras vidas. Recuerdo que, de manera incomprensible para mi, acabé en el despacho del director. El temible director, bajito, gordinflón y ceñudo, que fumaba puros a todas horas me miraba severo, mientras escuchaba la indignación del cura. Yo había escrito en mi respuesta que mi parte favorita de todo aquel ritual absurdo, de misas interminables, zapatos estrechos y ridículos disfraces de almirante, había sido, sin ninguna duda, el divertido y opíparo, banquete en el restaurante. Lo siento, era la verdad. Incluso me habían dejado beber vino y fumar un cigarrillo.
Debo dos meses de alquiler. Voy a tener problemas legales muy serios dentro de nada, porque con la mierda de sueldo que cobro, es imposible que me ponga al día con las deudas. No tengo ni para comer mañana y ya ni sé a quien pedirle prestado. Mis conocidos salen huyendo en cuanto me ven. Debe ser el espíritu navideño. Me quedaban veinte euros y me he gastado quince en las malditas tabletas de turrón. El nivel de angustia se me había disparado. ¡Uf, que dolor!.
No tenia que haber comido tres tabletas de una sentada. Ahora me siento fatal. Pero ¿como evitarlo?, después de tantos anuncios en la tele. Que si turrón turrón, que si del año 1800 y no se cuantos, que si vuelve a casa por Navidad, que si del lobo o de picar; que si de Jijona, de yema, del duro, del blando y sobre todo, el más irresistible, el peor de todos, el de chocolate con pelotitas de arroz. Después de todas esas luces eléctricas parpadeantes colgadas de los pobres árboles; todos esos papas noeles famélicos, elfos, renos, reyes majaderos, camellos y pajes de mentira; de tanta gente cargada con paquetes y bolsas; tantos niños impacientes e impertinentes; tanta nieve de porexpan; tanto villancico estridente... Después de tanto verde y tanto rojo y tanto plateado y tanto dorado... Dorado como el envoltorio de mi turrón favorito que ahora yace arrugado a mi lado en el sofá. Arrugado como la ropa de mi cama, desecha desde que ella se fue...
Me duele el estómago y ya vuelve la angustia.