Sino del espanto que nunca nos dejaría perder lo que es valioso.
El que causan los espantajos, no los espantapájaros.
El espanto que pone de punta los pelos de adentro.
El que alerta los ojos y abre los oídos.
El que eriza la piel de la conciencia.
El que duele y despierta.
El espantoso.
Hemos perdido la capacidad de espanto.
La hemos perdido detrás de la estantería de los olvidos.
O en el fondo del mar de los engaños.
O delante del televisor.
La hemos perdido por falta de uso, por dejadez, por pereza,
por aburrimiento, por sueño, por vicio, por cobardía,
por mirar a otra parte.
Por desamor.
Por mal querer.
Porque sí.
Hemos perdido la capacidad de espanto.
No es que nos hayamos curado de espanto,
es que hemos enfermado por falta de espanto.
Nos hemos puesto perdidos de pérdidas,
estamos discapacitados perdidos,
sencillamente, somos unos perdidos.
Nos quedan escasas capacidades,
lo cual a mi me parece motivo de espanto.
Pero ya sabéis, hemos perdido la capacidad de espanto.