Hemos perdido la capacidad de espanto

No hablo del susto de perder la cartera, las llaves o el móvil.
Sino del espanto que nunca nos dejaría perder lo que es valioso.
El que causan los espantajos, no los espantapájaros.
El espanto que pone de punta los pelos de adentro.
El que alerta los ojos y abre los oídos.
El que eriza la piel de la conciencia.
El que duele y despierta.
El espantoso.

Hemos perdido la capacidad de espanto.
La hemos perdido detrás de la estantería de los olvidos.
O en el fondo del mar de los engaños.
O delante del televisor.
La hemos perdido por falta de uso, por dejadez, por pereza,
por aburrimiento, por sueño, por vicio, por cobardía,
por mirar a otra parte.
Por desamor.
Por mal querer.
Porque sí.

Hemos perdido la capacidad de espanto.
No es que nos hayamos curado de espanto,
es que hemos enfermado por falta de espanto.
Nos hemos puesto perdidos de pérdidas,
estamos discapacitados perdidos,
sencillamente, somos unos perdidos.

Nos quedan escasas capacidades,
lo cual a mi me parece motivo de espanto.
Pero ya sabéis, hemos perdido la capacidad de espanto.


Este es un blog de poemas, pero para despistados. Si has caído aquí será porque ibas mirando las estrellas o las musarañas. Por despiste este blog está escrito en el idioma de otra galaxia. Y es que métrica aquí hay poca. En realidad es prosa de párrafos breves lo que hay. Suspiros, aullidos y algún jadeo. Son cincuenta años de palabras que se me han clavado como los pinchos de una chumbera y su picor me desespera. Palabras desencadenadas, enlazadas, entrecruzadas, hasta inventadas. Este blog es una acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero. Un error.
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