Gilipollas hasta en la sopa

Un anciano estaba cenando en su casa, mientras murmuraba improperios contra todo lo sagrado. Se sentía tan malhumorado como cansado. No había tenido un día agradable, ni siquiera un día fácil. Su mujer le dijo de pronto, interrumpiendo sus gruñidos: "¿es que no vas ha dejar de refunfuñar nunca?".

Ese día el anciano había salido de casa por la mañana y justo al cruzar el portal, a sus pies, en el suelo, se encontró con los envoltorios usados de un menú completo de comida rápida para varias personas: las bolsas de papel, la bandejas de cartón, los vasos de refresco, las pajitas, los recipientes de las salsas, las servilletas manchadas y unas cuantas patatas fritas desechadas, todo esparcido con alegría. Muy cerca, había también algunas botellas de cerveza, una de vodka vacía, un vaso de tubo lleno de un liquido amarillento en el quicio de una ventana y el abundante contenido de un cenicero, quizá el de un coche, volcado sin miramientos. Para poder acceder a la calzada y cruzar la calle tuvo que dar un rodeo de tres vehículos, aparcados demasiado juntos. Un poco más lejos, en el suelo entre dos coches, había ¡una compresa!, parecía un animal muerto, pero era una compresa. En toda la calle se respiraba un penetrante olor a orines. Al menos no hay jeringuillas ni cacas de perro, se dijo. La explicación de semejante despliegue de inmundicias estaba en la noche anterior. Eran las fiestas del barrio y hubo botellón hasta la madrugada. Él mismo, alrededor de las cuatro se vio obligado asomarse a la ventana y pedirles con amabilidad, conteniendo la rabia, a un ruidoso grupo de chavales que se fuesen a un descampado cercano porque no les dejaban descansar.

Al llegar a la plaza, junto a la oficina bancaria, bajó de la acera para poder avanzar, porque un numeroso grupo de personas la bloqueaba. Estaban esperando su turno para entrar en el chiringuito de las loterías a comprobar si su boleto tenia premio y, en vista de que no, comprar otro para tentar de nuevo la suerte. En ese momento, una furgoneta que circulaba demasiado rápido le sobresaltó, haciendo sonar el claxon, mientras le pasaba rozando el hombro. Pudo oír como el conductor le insultaba antes de detenerse frente al semáforo rojo, pocos metros más allá.

En el banco había cola en el cajero automático y ante el mostrador el cajero humano. Tenía que presentarse periódicamente para que la autoridades comprobasen por medio de la corroboración de los empleados del banco, que seguía con vida y que no le estaban pagando su pensión a algún aprovechado. Esperó durante unos veinte minutos mientras veía irritarse a los clientes más impacientes. Todos murmuraban entre dientes pero cundo les llegaba el turno no se quejaban ni pedían ninguna hoja de reclamación. Pensó en la reverencia eclesial que imponía la banca del dios dinero a sus feligreses.

Camino del supermercado chocó con un joven que iba mirando el móvil y casi lo tira al suelo. "Mira por donde vas, abuelo" le dijo como propina el airado muchacho. En el súper compró cebollas y, de paso, miró con deseo y añoranza la estantería de los vinos. Con su pensión no se podía permitir caprichos. Esperando para pagar, una señora que debía tener mucha prisa, se le coló sin reparos, explicaciones ni disculpas. Al mismo tiempo, la que esperaba detrás, le embistió con el carro y con un "perdón" qué más parecía una amenaza que una disculpa. En la panadería no se cabía y en el trasiego de entrar y salir alguien le clavó un codo entre las costillas y además le propinaron un buen pisotón. Nadie parecía darse cuenta de los demás.

En el camino de vuelta a casa se encontró con la vecina que, otra vez, se quejó de lo mucho que le molestaban las ramas del árbol de su jardín trasero e insistió en exigirle que las cortara. Aquella mujer, neurótica de la limpieza  se quejaba de que las hojas caídas del único árbol, el único ser orgánico de todos los patios interiores de la manzana de viviendas, ratas y vecinos aparte, le ensuciaban las baldosas.

Al entrar en su edificio, después del reglamentario rodeo de vehículos y de basuras, le esperaba la factura de la luz que el cartero dejaba en un montón por no molestarse en distribuir las cartas entre los buzones. Pagaba casi un diez por ciento de lo que cobraba de la seguridad social, a la compañía eléctrica. Lo cual, unido al alquiler y los demás gastos mensuales, lo dejaba cada principio de mes en números rojos. A estas alturas ya se sentía muy fatigado, por suerte vivía en la planta baja porque el ascensor siempre estaba roto. Algún gracioso se dedicaba a boicotearlo pulsando todos los botones a la vez y los técnicos cada vez ponían menos interés en repararlo y más ceros en la factura de la comunidad.

Después de atender, durante la hora de la siesta, las llamadas de un vendedor de seguros de decesos, y la de una operadora de telefonía de la competencia, y después de negarles de la manera más humanitaria posible la entrada a una pegajosa pareja de testigos de Jehová, ya avanzada la tarde, se sentó en el sillón a leer la prensa. El panorama que presentaban las noticias no era nada halagüeño. Los fascistas han vuelto al poder pasados cuarenta años de una transición ilusoria. Los mismos fascistas contra los que luchó su padre. La izquierda que se supone que debe ofrecer una alternativa, está más dividida que nunca. En realidad, pensó, el fascismo nunca había salido del poder, solo había maquillado su discurso y la izquierda nunca se había unido. Así que la noticia era que no hay noticia. Pero centenares de miles de personas de la región con mayor numero de habitantes del país le habían dado su voto a un partido de ultraderecha, fundamentalista católico, contrario al aborto, partidario de restaurar la pena de muerte, defensor de la monarquía y de la centralización del poder, racista, machista y homófono.

Dos páginas adelante, leyó con sorpresa que el banco donde había estado por la mañana tenia prevista una reducción drástica de su plantilla y pensó que si con el actual tardaban veinte minutos en atender, con la mitad del personal pasaría toda la mañana esperando en el banco. Y que encima, a los clientes se les alecciona para que hagan desde los automáticos y desde sus teléfonos móviles el trabajo de los cajeros que van a despedir. Por supuesto, sin dejar de cobrarles las comisiones. Los clientes se ponen la gasolina en las gasolineras, recogen sus mesas en los restaurantes, se reservan los vuelos y se sacan sus tarjetas de embarque y pagan por ello. Los usuarios de la administración pública realizan los tramites para pagar sus propios impuestos, se recaudan a si mismos. Los becarios trabajan gratis a tiempo completo. Los autónomos se creen empresarios. Y al final de la vida de trabajo las pensiones no alcanzan ni para comer. Esa es la reforma laboral que el engaño de la crisis ha traído, se dijo.

Ver televisión no mejoró las cosas. Programas en los que se humilla a los concursantes y al público asistente. Chismorreos e intimidades de personajes intrascendentes ventilados a gritos. Políticos corruptos y mentirosos, en campaña electoral permanente, haciendo declaraciones en tertulias de periodistas sin escrúpulos o de cómicos sin gracia. Y todo, siempre con las máximas audiencias, bien salpicado de publicidad engañosa. Hastiado, pensó que en la televisión la moral es puro comercio.

A la hora de cenar la indignación del anciano desbordaba sus límites. Cuando su mujer le preguntó si dejaría alguna vez de refunfuñar, por un momento pensó en contarle los acontecimientos que había vivido a lo largo de la jornada, pero le dio una terrible pereza. De pronto tuvo una visión. Se imaginó el cielo cubierto de imbéciles volando que no le dejaban ver el sol, ni respirar, hasta que, de golpe, cayeron todos en su plato. Miró su sopa con tristeza, luego miró a su mujer con determinación y dijo: "dejaré de refunfuñar cuando deje de encontrar gilipollas en la sopa".

"O sea, nunca", murmuró ella.

Este es un blog de poemas, pero para despistados. Si has caído aquí será porque ibas mirando las estrellas o las musarañas. Por despiste este blog está escrito en el idioma de otra galaxia. Y es que métrica aquí hay poca. En realidad es prosa de párrafos breves lo que hay. Suspiros, aullidos y algún jadeo. Son cincuenta años de palabras que se me han clavado como los pinchos de una chumbera y su picor me desespera. Palabras desencadenadas, enlazadas, entrecruzadas, hasta inventadas. Este blog es una acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero. Un error.
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