a mi amigo Manolo
Poderoso hechizo
contra la lucidez,
más frío que el amor,
más líquido todavía.
Combustible
para las quimeras,
que en sus generosas fantasías
disuelve los muros
de la intimidad.
En los bares del aburrimiento
donde mueren de tedio
los bebedores,
a veces, alguno se rebela
contra su propia soledad
y da un golpe en la mesa,
un grito incoherente.
Intenta salir de sí mismo
hacia el mundo exterior,
saltar la mortífera valla del yo
para unirse con el otro,
intenta alcanzar paz,
y no parecer un borracho.
Quiere salir del exilio,
y solo consigue salir del local
en ingrávidas volandas,
aislado por dentro
y exiliado hacia fuera.
Los demás lo miran
sin inmutarse,
no defienden su gesto
aunque en realidad
todos lo llevan dentro.
La indiferencia
no le castiga,
sigue solo,
sigue torturado,
pero se siente más valiente.
La próxima vez
el grito será más potente,
quizá romperá alguna cosa,
en fin, será más coherente.
El menosprecio al rebelde
a todos nos castiga,
la misma sangre
nos recorre por dentro.
Entendiendo sus mensajes
y sus intentos de libertad,
como torpezas o debilidades,
seguiremos incomunicados,
retrocedemos paso a paso,
condenados a la esclavitud.
Entre la ficción del amor
y la brutal soledad,
en su tic tac
hacia la muerte,
se pierde
la vida de verdad.