A sus casi ochenta años había vivido tres guerras y cuatro hambrunas. Aprendió de niño a cultivar lo que comía, levantó un hogar con sus propias manos y crió tres hijos. Nunca quiso ser el primero en nada, pero tampoco el último. Nunca estiró más el brazo que la manga y si tenía diez no gastaba once.
El día que sus nietos, alborotados, le dieron la noticia de la llegada del hombre a la Luna exclamó: "¡a la Luna!, ¿para qué?".