Alta cocina

En el país donde reina el bufón
el filosofo guerrea,
el poeta se prostituye
y el hombre santo mercadea,
el cocinero imparte lecciones,
escribe libros, vende fogones,
pronuncia sermones.
En su cocina guisan los ratones.
A los niños los atiborran los ladrones.
Cuando el puchero es arte
el plato no se rellena se repinta.
El vanidoso marmitón
confunde apetitoso con aparatoso.
El pinche ambicioso
convierte su chiringuito en espectáculo
a un precio escandaloso.
La élite y su séquito alardean
entre manteles de seda,
tenedores de plata,
cristal fino y estrellas de papel,
masticando fotografías,
teleconsumiendo exquisiteces de atrezzo,
alimentando el parloteo.

Antes de educar el paladar
deberíamos adiestrar la lengua.
No dudo de que algún filósofo
sea buen repostero,
pero el cocinero sabio es cocinero.
Fue al tocar la vianda,
al convertirla en oro,
cuando Midas se dio cuenta de su error.
La comida alimenta,
no engorda farsantes,
no es un lujo para diletantes,
ni una industria contaminante.
En el país del teatro culinario
unos engullen y otros son pitanza.
A mi, dame pan y dime demagogo.
Si a la mesa cabemos todos
y basta con repartir la ración,
¿para cuando un menú degustación
entre la clase obrera?.

Este es un blog de poemas, pero para despistados. Si has caído aquí será porque ibas mirando las estrellas o las musarañas. Por despiste este blog está escrito en el idioma de otra galaxia. Y es que métrica aquí hay poca. En realidad es prosa de párrafos breves lo que hay. Suspiros, aullidos y algún jadeo. Son cincuenta años de palabras que se me han clavado como los pinchos de una chumbera y su picor me desespera. Palabras desencadenadas, enlazadas, entrecruzadas, hasta inventadas. Este blog es una acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero. Un error.
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