El olvido del marinero

Igual que aquella vez en que se vio reflejado en los ojos de su amada.
La primera vez que se plantó ante la inmensidad del mar
sintió que nunca la iba a olvidar.
Pero la última vez que llegó a puerto
después de navegar durante veinte años
y de verlo cada día
el marinero creyó que se había olvidado del mar.
«Verte a todas horas ha sido la mejor manera de olvidarme de ti», pensó.
Cansado de tormentas y tempestades
empezó a caminar tierra adentro
y no paró hasta que dejó de encontrar sal en el viento.
Desde ese momento
el cielo parecía un océano.
Las estrellas le recordaban el rumbo perdido.
El viento entre las hojas, rumor de las olas.
Las cigüeñas eran gaviotas. El pan, pescado.
Las caricias de su amada eran brisa marina.
De repente el suelo se empezó a balancear bajo sus pies.
Entonces el marinero lo comprendió.
No son las tormentas ni las tempestades,
no es el sol implacable ni es el salitre,
no es el frío ni la humedad,
no son los bandazos ni los mareos,
no es la soledad, ni siquiera son los naufragios.
El mar, como el amor, no se puede olvidar.
Tampoco se puede rememorar.
El mar se vive cada día del resto de la vida.
Cuando eres marinero formas parte del mar.

Este es un blog de poemas, pero para despistados. Si has caído aquí será porque ibas mirando las estrellas o las musarañas. Por despiste este blog está escrito en el idioma de otra galaxia. Y es que métrica aquí hay poca. En realidad es prosa de párrafos breves lo que hay. Suspiros, aullidos y algún jadeo. Son cincuenta años de palabras que se me han clavado como los pinchos de una chumbera y su picor me desespera. Palabras desencadenadas, enlazadas, entrecruzadas, hasta inventadas. Este blog es una acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero. Un error.
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