entre sombrías intenciones,
elegantes hordas de inversores
se reparten botines de guerra.
A sus ordenes, funestos laboratorios
de tenebrosos propósitos,
laureados tecnócratas,
alquimistas despiadados,
maquinistas alienados,
poetas millonarios,
millonarios desquiciados,
funambulistas del circo mediático,
fantasmas de castillos sin encanto,
mamporreros de burdel,
estómagos agradecidos,
mezclan, separan, confunden, infunden,
discriminan, incriminan, mutilan, sacrifican
y venden a sus madres si es necesario
ajenos a los efectos colaterales
contra los estómagos innecesarios.
Mezclan piedra con tijera,
metal vil con carne infantil,
vida con muerte,
corrupción con suerte;
confunden ilusión con fútbol,
educación con televisión,
fantasía con verdad,
esperanzas con pesadillas,
valores con comercio;
amputan carne por vil metal,
falsifican relaciones,
editan emociones,
fabrican necesidades,
inventan deseos.
A cualquier precio
venden y compran existencias,
como si fuesen provisiones.
Ignoran que el valor de la vida no tiene precio,
la vida siempre será más valiosa que cara.
Pero ellos han decidido
que la buena vida es cara.
Se mueren por vivir la vida a cuerpo de rey,
a lo grande, a lo loco, a tope,
a todo tren y a todo trapo.
Algunos la viven, muchos la anhelan.
la mayoría no la puede pagar.
Olvidan que el valor de la vida no tiene precio,
Andamos a diario arrastrando cepos,
las sonrisas plastificadas,
los apetitos extraviados.
Deberíamos andar buscando
en el vertedero de la memoria,
entre las ruinas del pasado,
y las futuras cenizas,
recordatorios para no olvidar
que detrás de los telones,
de las cortinas de humo,
de las vallas publicitarias,
hay una vida buena.
Porque el valor de la vida no tiene precio,
y la vida siempre será más valiosa que cara.