Pedrito y Pablito, bajaron con su balón nuevo al patio de vecinos. Se lo habían traído los Reyes Magos de Oriente y no porque se hubiesen portado bien. Eso era imposible. ¡Vaya dos! que eran aquellos angelitos. Siempre oliendo a colonia, bien peinados, bien vestidos, siempre con los zapatos nuevos y bien lustrados. Muy modositos y formales en apariencia, pero capaces de las fechorías más retorcidas. Un par de gamberros que se amparaban en la protección que les proporcionaba su séquito de brutos abusones, pero sobretodo en la impunidad que les garantizaba el hecho de ser los hijos del dueño de la finca y de la fábrica.
No tardaron en captar el interés de quienes no tenían más que pelotas de trapo. Aquel era un balón de verdad, ¡de reglamento!. Y ya que era suyo, iban a ser ellos dos quienes pusieran las reglas del juego. Para empezar el árbitro seria "el gordo", uno de sus compinches más leales, que cada vez que los hermanos cometían un penalti o una agresión directa –¡que casualidad!– estaba mirando a otra parte. La portería contraria era uno o dos pasos más grande. Los jugadores de cada equipo se seleccionaban a dedo, sin turnos ni sorteos que valieran. Las reglas de juego –faltas, penaltis, córners, fueras, fueras de juego, duración de los partidos– se modificaban sobre la marcha en función de si iban ganando o perdiendo los dueños de la pelota. No se admitían partidos alternativos ni entrenamientos no concertados, nada de disidencias, ni segregaciones. Si alguien se quejaba era silenciado y expulsado de manera automática, por las malas o por las peores.
Los demás chavales, por un lado no querían –ni podían– quedarse sin su única diversión y por el otro estaban advertidos con severidad de que no debían soliviantar a los hijos del amo. De esta manera, por muy buenos que fuesen sus delanteros, por mucho que se esforzaran o por mucho que protestaran, el equipo de los perdedores estaba perdido, no tenia ninguna posibilidad de ganar. Jugaban porque no quedaba más remedio, pero jugaban sin esperanza y sin ilusión. ¿Qué otra cosa iban a hacer?, aquello era lo que había, no se podía cambiar. Obligados a ser felices, jugaban a perder. Obligados a perder, jugaban a ser felices.
Así eran y iban a ser en adelante, los partidos. Hasta que se pinchara el balón y Pedrito y Pablito cambiaran el juego, claro.
<><><><><><><><><><><><><> Toda poesía es un error del sistema <><><><><><><><><><><><><>
Este es un blog de poemas, pero para despistados. Si has caído aquí será porque ibas mirando las estrellas o las musarañas. Por despiste este blog está escrito en el idioma de otra galaxia. Y es que métrica aquí hay poca. En realidad es prosa de párrafos breves lo que hay. Suspiros, aullidos y algún jadeo. Son cincuenta años de palabras que se me han clavado como los pinchos de una chumbera y su picor me desespera. Palabras desencadenadas, enlazadas, entrecruzadas, hasta inventadas. Este blog es una acción que no sigue lo que es correcto, acertado o verdadero. Un error.<><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>